Traumatólogos advierten sobre los riesgos de la moda barefoot en entornos urbanos

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Traumatólogos advierten sobre los riesgos de la moda barefoot en entornos urbanos
Traumatología, Calzado Barefoot, Medicina Regenerativa

El doctor Félix López Martín analiza la tendencia del calzado minimalista en ciudades como Madrid, explicando los beneficios y los peligros de cambiar de calzado sin una adaptación biomecánica adecuada, abogando por un equilibrio entre el calzado tradicional y el barefoot.

Caminar como en la Prehistoria por la Gran Vía: ¿qué dicen los traumatólogos sobre el 'barefoot' urbano? Félix López Martín, traumatólogo y responsable de la Unidad de Preservación Articular y Medicina Regenerativa del Hospital Memorial Publio Cordón de Madrid, explica qué beneficios tiene esta tendencia, qué riesgos puede entrañar y cómo adaptar el pie a esta nueva forma de caminar En ese nicho de mercado tan codiciado en el que se ha convertido el bienestar, surgen con fuerza propuestas que, de pronto, arrasan entre los cazadores de tendencias.

Y en ese escenario de vuelta a lo ancestral como paradigma de vida saludable, de repente nos encontramos con que la mitad de nuestro 'feed' de Instagram e 'influencers' de moda apuestan por las zapatillas con cámara de aire para ir a trabajar en calzado minimalista o 'barefoot'. Venden que es"lo natural", pero se les olvida un pequeño detalle:El fenómeno del calzado 'respetuoso' ha saltado del entrenamiento en hierba al asfalto de la ciudad, y en las consultas de traumatología ya se está notando el efecto rebote: un aluvión deen personas que han cambiado de calzado sin transición ni adaptación biomecánica.

Para entender mejor el calado del asunto, Félix López Martín, traumatólogo y responsable de la Unidad de Preservación Articular y Medicina Regenerativa del Hospital Memorial Publio Cordón de Madrid, explica qué hay detrás de esta moda, que puede tener más implicaciones para nuestra salud de lo que pensamos. Pasamos de zapatos estrechos y zapatillas con muchísima amortiguación al barefoot. ¿Es que no hay un término medio? Claro que lo hay.

Es que parece que tenemos que pasar de un extremo al otro. Llevamos toda la vida utilizando zapatos que comprimen nuestros pies y ahora, de repente, parece que lo ideal es eliminar toda la amortiguación y caminar prácticamente descalzos. Yo creo que lo razonable está en encontrar un equilibrio. Un zapato que respete la anatomía del pie, que permita mover los dedos y que tenga una amortiguación adecuada.

Porque no es lo mismo salir a pasear media hora que estar ocho horas trabajando de pie. Y, sobre todo, hay algo que no debemos olvidar: no todos tenemos los mismos pies ni las mismas necesidades. Se suele decir que muchos de nuestros problemas vienen del tipo de zapatos que utilizamos. Si los guantes tienen forma de mano, ¿por qué el calzado no tiene forma de pie?

¿Debería? Pues mira, esta comparación tiene bastante sentido. Tenemos 26 huesos en cada pie, numerosas articulaciones y una musculatura que necesita trabajar. Y llevamos años metiéndolos en zapatos que muchas veces no respetan su forma natural.

En ese sentido, creo que el 'barefoot' tiene algo muy positivo. Nos ha hecho plantearnos si realmente estamos utilizando el calzado adecuado. Yo soy partidario de los zapatos con una horma amplia, que dejen espacio a los dedos. Pero, claro, una cosa es respetar la anatomía del pie y otra muy diferente eliminar toda la protección que nos ofrece el calzado.

A ver, es verdad que el ser humano ha evolucionado caminando descalzo. Pero eso de que algo es natural y, por tanto, necesariamente más saludable... Hay que tener cuidado. Nuestros antepasados tampoco pasaban ocho horas sentados delante de un ordenador ni caminaban todo el día sobre asfalto.

Hay estudios que indican que el calzado minimalista puede favorecer el fortalecimiento de determinados músculos del pie. Hasta ahí, perfecto. Lo que no podemos decir es que sea mejor para todo el mundo o que vaya a evitar lesiones y prevenir la artrosis. Eso, a día de hoy, no está demostrado.

Pues yo creo que sí, siempre que tengamos unos pies sanos y las condiciones sean adecuadas. A mí, por ejemplo, me parece estupendo caminar descalzo por la arena de la playa o sobre el césped. Es una manera de estimular la musculatura del pie, trabajar el equilibrio y mejorar la propiocepción, que es nuestra capacidad para percibir cómo nos apoyamos y nos movemos.

Además, últimamente se habla bastante del famoso 'grounding', que consiste precisamente en establecer contacto directo con la tierra. Sus defensores aseguran que permite descargar energía eléctrica y le atribuyen distintos beneficios. Es interesante, aunque todavía no tenemos evidencia científica sólida que confirme esos efectos. Lo que sí sabemos es que caminar al aire libre, disfrutar del contacto con la naturaleza y desconectar un rato puede ayudarnos a sentirnos mejor.

Vamos, que me parece una buena costumbre, pero tampoco hace falta obsesionarse. Y hay personas con determinadas patologías, especialmente problemas de sensibilidad, para las que caminar descalzas no es recomendable. ¿Estamos ante una moda pasajera o realmente está cambiando nuestra manera de entender cómo debe caminar el pie? Yo creo que hay un poco de todo.

Tiene una parte de moda, evidentemente, pero también está consiguiendo algo interesante: que nos acordemos de nuestros pies. Nos preocupamos muchísimo por entrenar los abdominales, los brazos o las piernas, pero ¿cuántas personas entrenan específicamente la musculatura del pie? Muy pocas. Y resulta que los pies son nuestra base.

Son los que nos mantienen en contacto con el suelo y participan en prácticamente todos nuestros desplazamientos. Así que, si esta moda sirve para que empecemos a prestarles más atención, bienvenida sea. Otra cosa es convertirla en la solución a todos nuestros problemas. ¿Hasta qué punto las redes sociales están haciendo que algunas personas den el salto demasiado rápido?

Muchísimo. Las redes sociales tienen cosas estupendas, pero también consiguen que determinadas tendencias parezcan válidas para todo el mundo. Vemos a alguien utilizando unas zapatillas 'barefoot', nos explica que son maravillosas y pensamos que tenemos que comprarnos unas iguales. Pero claro, hay personas que llevan 40 años caminando con un calzado completamente diferente.

Y algunas, además, tienen una musculatura bastante poco desarrollada porque apenas hacen ejercicio. No podemos pretender que nuestro cuerpo se adapte de la noche a la mañana. Es exactamente lo mismo que sucede cuando alguien empieza a hacer deporte después de muchos años de sedentarismo. Querer hacerlo todo demasiado rápido.

Imagínate que llevas toda tu vida utilizando zapatillas con bastante amortiguación. Te compras unas 'barefoot' y al día siguiente empiezas a utilizarlas para trabajar, pasear, hacer deporte... Pues probablemente tu musculatura no esté preparada para ese cambio. No es que las zapatillas tengan que ser malas.

El problema es que estamos exigiendo a nuestros músculos y tendones algo a lo que no están acostumbrados. Y ahí es cuando pueden aparecer las sobrecargas y las lesiones. Depende muchísimo de cada persona. No me gusta establecer plazos rígidos porque no es lo mismo alguien que hace deporte habitualmente que una persona sedentaria o con antecedentes de lesiones.

Yo empezaría con periodos cortitos, por ejemplo, quince o treinta minutos, y observaría cómo responde el cuerpo. Si todo va bien, podemos ir aumentando progresivamente. Pero estamos hablando de una adaptación que puede necesitar varios meses. Y otra cosa: tampoco hay ninguna obligación de acabar utilizándolo durante todo el día.

Podemos combinar diferentes tipos de calzado perfectamente. Pues lo primero, evidentemente, es la musculatura del pie. Hay ejercicios bastante sencillos para trabajar los dedos, el arco plantar, los gemelos o el equilibrio. Pero yo iría bastante más allá.

Es que tenemos un problema importante de falta de fuerza muscular en general. Siempre digo, medio en broma, que estamos viviendo una auténtica epidemia de atrofia de glúteos. Pasamos tantísimas horas sentados que nos estamos olvidando de fortalecer una de las musculaturas más importantes para caminar. Los glúteos, especialmente el glúteo medio, son fundamentales para estabilizar la pelvis y controlar el movimiento de las piernas.

Y eso influye también en cómo trabajan nuestras rodillas. Por eso insisto tanto en el ejercicio de fuerza. Está muy bien preocuparse por las zapatillas que utilizamos, pero primero vamos a preocuparnos por tener una musculatura capaz de sostenernos y movernos correctamente. Para entender mejor lo que nos jugamos...

¿Qué sucede biomecánicamente cuando pasamos de una zapatilla convencional a un calzado prácticamente sin amortiguación? Básicamente, cambiamos la manera en que nuestro cuerpo recibe y distribuye las cargas. Cuando utilizamos una zapatilla convencional, tenemos una determinada amortiguación, cierta estabilidad y, normalmente, algo de elevación del talón. Al eliminar todo eso, nuestro pie y nuestro tobillo tienen que trabajar de otra manera.

Por ejemplo, podemos aumentar las exigencias sobre los gemelos y el tendón de Aquiles. Y eso no tiene por qué ser malo. Nuestro organismo tiene una capacidad extraordinaria para adaptarse. El problema aparece cuando le exigimos esos cambios demasiado rápido o cuando ya tenemos alguna alteración previa.

¿Qué beneficios reales hay detrás de esta moda? Se habla de liberación de la fascia, fortalecimiento muscular y mejora de la postura. ¿Todo esto es cierto? Hay cosas interesantes y otras que, sinceramente, creo que se están exagerando.

Sabemos que el calzado minimalista puede favorecer el trabajo y el fortalecimiento de determinados músculos del pie. También permite una mayor libertad de movimiento, especialmente de los dedos. Pero de ahí a decir que libera la fascia plantar, corrige la postura o previene enfermedades articulares hay un salto importante. Nuestra postura depende de muchísimos factores: la musculatura, la movilidad, nuestra anatomía, las lesiones previas...

Ojalá fuera tan sencillo como cambiar de zapatillas, pero desgraciadamente nuestro aparato locomotor es bastante más complejo. ¿Es cierto que el calzado convencional debilita inevitablemente nuestros pies y que eso repercute en toda nuestra anatomía? No, eso no es así. Hay determinados zapatos que pueden limitar el movimiento del pie y el trabajo de algunos músculos, pero no significa que todas las personas que utilizan calzado convencional tengan los pies debilitados.

Yo creo que aquí estamos culpando a las zapatillas de algo que tiene mucho más que ver con nuestros hábitos. Pasamos el día sentados, caminamos poco, apenas hacemos ejercicio de fuerza... Y después pretendemos que un cambio de calzado solucione todos nuestros problemas. Desde luego, tenemos que utilizar zapatos adecuados, pero también tenemos que movernos más.

Y fortalecer nuestros músculos, que parece que se nos olvida. Esta pregunta me parece especialmente importante porque aquí está una de las principales limitaciones del 'barefoot'. En consulta vemos muchísimos pacientes con alteraciones biomecánicas. Personas con escoliosis, diferencias de longitud entre las piernas, alteraciones de la pisada, pronación o supinación excesivas...

Y hay pacientes que, por sus características, necesitan plantillas personalizadas o algún tipo de compensación para mejorar la distribución de las cargas. No todas estas alteraciones necesitan tratamiento, por supuesto. Hay que valorar cada caso. Pero cuando existe una indicación médica para utilizar plantillas, no podemos simplemente retirarlas porque ahora esté de moda caminar con menos soporte.

El 'barefoot' puede ayudar a fortalecer determinados músculos, pero no va a corregir por sí solo una diferencia estructural de longitud entre las piernas ni todas las alteraciones biomecánicas. Por eso digo que no es para todo el mundo. ¿Es correcto decir que el impacto que antes absorbía la zapatilla pasa a absorberlo nuestro cuerpo? ¿Dónde acaba repercutiendo esa carga?

Bueno, es una manera sencilla de explicarlo, pero tampoco funciona exactamente así. Nuestro cuerpo tiene un sistema bastante sofisticado para absorber y distribuir las fuerzas. Intervienen los músculos, los tendones, las articulaciones y también el calzado. Cuando eliminamos la amortiguación, podemos modificar nuestra manera de caminar y cambiar las cargas que soportan determinadas estructuras, especialmente el pie, los gemelos y el tendón de Aquiles.

Pero no significa que todo el impacto que antes absorbía la zapatilla vaya directamente a nuestras rodillas o caderas. Lo importante, otra vez, es que nuestro organismo esté preparado para adaptarse. ¿Puede una modificación en la forma de pisar terminar provocando molestias en el tobillo, la rodilla, la cadera o incluso la espalda? Claro.

Es que nuestro aparato locomotor funciona como una cadena. Lo que sucede en el pie puede influir en el tobillo, la rodilla, la cadera e incluso en la columna. De hecho, es algo que vemos frecuentemente en consulta. Pacientes con alteraciones de la pisada, diferencias de longitud entre las piernas o problemas de estabilidad muscular que pueden estar contribuyendo a sus molestias.

Y aquí es donde entra un concepto que para mí es fundamental: la preservación articular. Cuando viene un paciente con dolor de rodilla, por ejemplo, no podemos limitarnos a mirar exclusivamente esa rodilla. Tenemos que estudiar cómo camina, cómo apoya el pie, qué musculatura tiene y si existe alguna alteración que podamos tratar. Porque muchas veces podemos mejorar los síntomas y reducir determinadas sobrecargas actuando sobre estos factores.

Y, al final, de eso se trata: intentar cuidar nuestras articulaciones antes de que aparezcan lesiones importantes. ¿Qué papel desempeñan el tipo de suelo y las superficies urbanas? ¿Es muy diferente caminar descalzo sobre césped que hacerlo ocho horas sobre asfalto? Evidentemente, es muy diferente.

Cuando caminamos sobre césped, arena o superficies naturales, encontramos pequeñas irregularidades que obligan a nuestros músculos a realizar ajustes constantemente. En cambio, en las ciudades caminamos casi siempre sobre superficies duras y bastante regulares. Pero también importa cuánto tiempo estamos caminando. No es lo mismo dar un paseo de veinte minutos por la playa que estar ocho horas recorriendo Madrid con unas zapatillas a las que no estamos acostumbrados.

Y tampoco debemos demonizar el asfalto. No podemos afirmar que caminar sobre superficies duras provoque por sí mismo artrosis. Lo importante es valorar el conjunto: el calzado, la superficie, nuestra musculatura y el tiempo que permanecemos realizando esa actividad. ¿Qué lesiones o problemas se están viendo con más frecuencia en personas que han adoptado este tipo de calzado?

Las lesiones que más nos preocupan son las relacionadas con las sobrecargas. Podemos encontrarnos con molestias en los gemelos, tendinopatías del Aquiles, dolor en la fascia plantar o problemas en la región de los metatarsianos. Y si el cambio es especialmente brusco, también debemos estar atentos a las posibles lesiones óseas por estrés. Eso no significa que el barefoot provoque necesariamente todas estas lesiones.

Lo que ocurre es que estamos modificando las exigencias sobre estructuras que, en ocasiones, no están preparadas. Por eso vuelvo a insistir tanto en la importancia de realizar una adaptación progresiva. Porque estamos cambiando la manera en que trabajan determinadas estructuras. Por ejemplo, cuando pasamos de una zapatilla con cierta elevación del talón a otra completamente plana, podemos aumentar las exigencias sobre los gemelos, el sóleo y el tendón de Aquiles.

También modificamos las fuerzas que actúan sobre la fascia plantar. Si nuestros tejidos no están preparados para asumir esas nuevas cargas, pueden aparecer molestias y lesiones por sobrecarga. Es algo parecido a cuando empezamos a correr después de mucho tiempo sin hacer deporte. No es que correr sea malo, sino que tenemos que preparar nuestro organismo.

¿Qué síntomas deberían hacer que una persona deje de experimentar por su cuenta y consulte a un especialista? Lo primero es diferenciar el cansancio muscular del dolor. Es normal que, cuando cambiamos de actividad o modificamos nuestra manera de caminar, determinados músculos trabajen más de lo habitual. Pero si empezamos a tener dolor persistente, inflamación, cojera o molestias importantes al levantarnos por la mañana, tenemos que prestar atención.

Y me preocuparía especialmente un dolor muy localizado sobre alguno de los huesos del pie, porque podríamos estar ante una lesión por estrés. Lo que no debemos hacer es normalizar el dolor pensando que forma parte de la adaptación. Si algo duele y cada día va a peor, hay que estudiarlo. Sí, evidentemente.

Y por eso insisto tanto en que no podemos recomendar lo mismo a todo el mundo. Hay personas que tienen antecedentes de fascitis plantar, problemas del tendón de Aquiles o determinadas deformidades que deberían tener especial precaución. También tenemos pacientes con escoliosis, diferencias de longitud entre las piernas o alteraciones de la pisada que, en algunos casos, necesitan plantillas o compensaciones específicas. Y no podemos recomendarles que abandonen esos soportes sin haberlos valorado previamente.

También hay que tener especial cuidado con las personas que presentan alteraciones de la sensibilidad, como sucede con algunos pacientes diabéticos. El 'barefoot' puede ser una buena alternativa para determinadas personas, pero no es una solución universal. Yo creo que el barefoot tiene algo muy positivo: nos está recordando que tenemos pies y que debemos prestarles atención.

Pero también creo que nos estamos preocupando demasiado por el tipo de zapatillas que llevamos y bastante poco por el estado de nuestra musculatura. Tenemos un problema enorme de sedentarismo. Pasamos muchísimas horas sentados, cada vez hacemos menos ejercicio de fuerza y después nos sorprende que empiecen a dolernos las articulaciones. Como traumatólogo dedicado a la preservación articular, siempre insisto en que tenemos que empezar a cuidar nuestras articulaciones mucho antes de que aparezcan los problemas.

Y eso significa movernos, fortalecer nuestros músculos, mantener un peso adecuado y corregir aquellas alteraciones biomecánicas que realmente lo necesiten. Mi objetivo es que mis pacientes puedan mantener sus articulaciones sanas y funcionales durante el mayor número de años posible, intentando retrasar o evitar una prótesis siempre que sea viable. Y para eso no existe ninguna zapatilla milagrosa. El 'barefoot' puede ser una opción interesante, por supuesto, pero no es para todo el mundo.

Hay que valorar cada caso y, sobre todo, entender que un pie no funciona de manera independiente: forma parte de todo nuestro aparato locomotor.

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