Columna | 'En este poeta, lo que dicen sus versos está siempre claro, pero el contexto de los mismos, es decir, la situación a la que aluden, no lo está nunca'. Por Enrique Vila-Matas.
. Nunca. Ashbery decía que era así como experimentaba la vida, porque uno podía concentrarse en lo que se hablaba en una terraza, por ejemplo, pero el contexto —como el mundo mismo— le resultaba siempre un misterio. Nada de angustia contenía esta declaración, porque detrás de ella simplemente venían estas razonables y tranquilas palabras: “Es muy difícil ser un buen artista y a la vez sentirte capaz de explicar de manera inteligente tu trabajo.
De ahí que Ashbery, con sus “inexplicables versos”, resulte ideal para cualquier lector que busque rejuvenecer y revisitar algunos estados de estupor de su adolescencia, inscribirse en la mecánica misma de esa paradoja que viene dándose con este poeta que, por un lado, es un autor admiradísimo al que leen innumerables jóvenes —se habla de que estamos en la era Ashbery— y, por el otro, es un celebrado autor al que no entiende nadie.
Bueno, el otro día leí a un ensayista que decía haberlo entendido, y quedé horrorizado porque quien no entendió nada de lo que allí decía el ensayista fui yo, tal vez porque este parecía empeñado en ver las cosas como las veía de niño. Y hasta tuve la impresión de que aquella lectura me había condenado a ser eternamente alguien que no entendía las letras de Dylan. Cielo santo.
No pude estar más de acuerdo. Claro, me dije, que últimamente no se observa lucha alguna en más del noventa por ciento de los libros que se publican.