Drones kamikaze sobrevolando territorio iraní
La Casa Blanca parece haber concluido que la negociación estaba dando tiempo a Teherán para controlar OrmuzLos ataques iraníes contra varios petroleros en el estrecho de Ormuz explican el detonante inmediato de la nueva ofensiva estadounidense.
No explican, sin embargo, la decisión más relevante:cuando todavía seguía abierto, al menos formalmente, el plazo de negociación previsto en elLa hipótesis que mejor encaja con la secuencia de decisiones adoptadas por Washington apunta a un. En la Administración estadounidense empieza a imponerse la idea de que la negociación ya no estaba conteniendo a Irán, sino permitiéndole recuperar parte de las capacidades militares perdidas durante los primeros meses del conflicto.
En esa lectura, el tiempo había dejado de jugar a favor de Estados Unidos. La Casa Blanca no ha explicado públicamente ese razonamiento, pero según los analistas consultados por RTVE Noticias, es la interpretación que mejor encaja con los movimientos adoptados durante las últimas semanas y con buena parte de los análisis publicados por expertos estadounidenses.
Más que un cambio de objetivos, lo que parece haberse producido es un cambio en la percepción del riesgo: Washington considera ahora que prolongar la pausa podía resultar más peligroso que reanudar los ataques.. Mientras ordena nuevos bombardeos, insiste en que Teherán sigue intentando retomar el diálogo, pero no son necesariamente dos mensajes incompatibles. Los. La fuerza ya no pretende solo castigar a Irán, sino alterar el equilibrio antes de volver a sentarse a la mesa.
¿Qué ha cambiado para que Washington considere que negociar era ya más arriesgado que volver a la guerra? El Memorando de Entendimiento contenía, desde su origen, una debilidad fundamental. No era un tratado de paz ni un alto el fuego plenamente desarrollado. Era un documento político concebido para abrir una negociación posterior, pero: qué debía hacer primero cada parte, cómo se verificarían los compromisos o qué consecuencias tendría un incumplimiento.
Esa ambigüedad permitió que Washington y Teherán firmaran el mismo texto convencidos de haber alcanzado acuerdos diferentes. y asesor del Centro de Seguridad Regional–Friedrich Ebert Stiftung, resume esa contradicción en una entrevista con RTVE.
"El documento se parecía más a unestrecho de Ormuz. Para Washington, garantizar la libre circulación de los petroleros constituía una condición previa para seguir negociando. , contener el precio del petróleo y evitar que una nueva escalada acabara trasladándose a la inflación estadounidense en vísperas de lasen Estados Unidos, a celebrarse el próximo mes de noviembre..
Renunciar a esa presión solo tenía sentido si Estados Unidos daba antes pasos concretos:que "los términos del acuerdo representan una sumisión no a Teherán, sino a la realidad: tras meses de combates, ninguna de las partes estaba ya en condiciones de imponer plenamente sus condiciones a la otra". A su juicio, el debate se ha centrado en los defectos del documento cuandoel JCPOA era un tratado jurídico exhaustivo , el nuevo documento apenas establece los principios para una negociación posterior.
Su éxito o su fracaso solo podrá medirseLos últimos ataques iraníes contra el tráfico marítimo terminaron poniendo a prueba esa frágil arquitectura. Para Washington demostraban que Teherán seguía utilizando Ormuz como instrumento de coerción para doblegarle en sus concesiones.
Para Irán confirmaban que Estados Unidos tampoco estaba cumpliendo el espíritu del memorando al mantener intacta buena parte de la presión económica en un momento en el que necesita desesperadamenteParadójicamente, ninguno de los dos gobiernos parece realmente interesado en una guerra abierta, una tesis en la que coinciden todos los analistas. Sin embargo, esa ausencia de voluntad para prolongar el conflicto hace más difícil cualquier concesión.
Cuando ambas partes consideran que ceder primero equivale a reconocer una derrota, cada represalia termina justificando la siguiente. La explicación más convincente de la nueva ofensiva probablemente no se encuentra en los últimos ataques iraníes, sino en la forma en que Washington interpreta lo ocurrido durante las semanas de tregua.
La lectura que parece imponerse en la Administración Trump es queestaba dejando de ser un instrumento para contener a Irán y empezaba a convertirse enperdidas desde el inicio de la guerra. Irán salió significativamente debilitado en el plano militar. Los primeros meses del conflicto dañarony buena parte de la infraestructura logística que sostiene a la Guardia Revolucionaria.
La desaparición de parte de su cúpula militar y del propio líder supremo obligó además al régimen a reorganizar su estructura de mando en plena guerra. Cada semana sin bombardeos permitía dispersar arsenales, reorganizar cadenas logísticas o adaptar los sistemas defensivos a las tácticas utilizadas por Estados Unidos e Israel y extraer lecciones operativas de los primeros meses del conflicto. En otras palabras, el paso del tiempo podía empezar a favorecer a quien había sufrido el golpe inicial.
Durante la primera fase de la guerra, la pregunta parecía ser cuánto tiempo necesitaba Estados Unidos para degradar las capacidades iraníes. Hoy la cuestión parece distinta: cuánto tiempo puede permitirse dejar de golpear a Irán sin que ese margen termine fortaleciendo a su adversario.
Ese cambio de pregunta resume mejor que ningún otro elemento el giro estratégico de la Casa Blanca: no solo se trata del programa nuclear, sino también de laDesde esa perspectiva, la negociación dejaba de verse como una herramienta para congelar el conflicto y empezaba a percibirse como unapara que Teherán absorbiera el impacto de los primeros meses de guerra. Ésa es, quizá, la lógica que explica la decisión de Donald Trump de volver a bombardear.la guerra ha terminado reforzando precisamente la herramienta de presión más inmediata de la República Islámica : su capacidad para alterar la seguridad del estrecho de Ormuz y, con ello, afectar al comercio energético mundial y a la economía internacional.
Posición de los petroleros y cargueros en el estrecho de Ormuz a las 13.00 del 16 de junio de 2026 quinta parte del petróleo comercializado en el mundo, continúa ocupando un lugar central en el conflicto. Irán no necesita bloquear completamente el estrecho para generar una crisis internacional. Le basta con mantener una amenaza creíble sobre el tráfico marítimo.
Un ataque contra un petrolero, el despliegue de minas o la simple percepción de un aumento del riesgo basta para elevar el coste de los seguros,Ésa es la gran asimetría de esta guerra: Washington puede destruir instalaciones militares mientras Teherán puede convertir una guerra regional en un problema económico global. Y ese factor resulta especialmente sensible para Trump.
Una subida sostenida del precio del petróleo amenaza con trasladarse rápidamente al, alimentar la inflación y erosionar uno de los principales argumentos económicos de la Administración en un año políticamente decisivo. Las dos lecturas, de hecho, pueden ser ciertas al mismo tiempo. La cuestión, por tanto, ya no consiste únicamente en quién posee mayor capacidad militar, sino en determinar si el paso del tiempo beneficia más a quien puede reconstruir sus capacidades o a quien intenta impedir esa reconstrucción.
Todo apunta a que la Casa Blanca ya ha respondido a esa pregunta. Si la interpretación anterior es correcta, la decisión de Washington deja de parecer una simple respuesta a los ataques iraníes y adquiere otra lógica. La Administración estadounidense no habría renunciado a la negociación. Habría decidido modificar las condiciones en las que esa negociación puede producirse.
En definitiva,convenciendo a Teherán de que el coste de prolongar la confrontación seguirá aumentando mientras no acepte un acuerdo más favorable para Estados Unidos. Esa estrategia explica por qué Trump alterna amenazas de nuevos ataques con mensajes asegurando que Irán sigue intentando contactar con Washington. En definitiva, son dos herramientas de una misma estrategia. Pero la cuestión es si ese tacticismo sigue siendo viable después de varios meses de guerra.
Robert Malley cree que ahí reside el principal problema. A su juicio, el Memorando de Entendimiento no debe interpretarse como una concesión gratuita a Teherán, sino como el reconocimiento de que. Como resume en su análisis, "los términos del acuerdo representan una sumisión no a Teherán, sino a la realidad". ¿Cuál es la alternativa?
¿Más bombardeos? ¿Más sanciones? ¿Una guerra todavía más larga?. Su respuesta es que ninguna de esas opciones garantiza un resultado mejor y que todas implican asumir costes adicionales para Estados Unidos y sus aliados.
Administración estadounidense ha dejado de marcar el ritmo de la guerra y actúa cada vez más en respuesta a las decisiones de Teherán. En su opinión, Washington sobrestimó la fragilidad del régimen iraní, infravaloró su capacidad para mantener la presión sobre Ormuz y terminó reaccionando a una escalada que ya no controla plenamente. Así, la superioridad militar estadounidense puede seguir produciendo victorias tácticas sin lograr una solución política al conflicto, y ahí reside precisamente el.
La Casa Blanca ya no bombardea únicamente para responder a un ataque. Bombardea porque el tiempo ha dejado de jugar a su favor y sus misiles ya forman parte de la negociación.
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