Fariba Hashimi: pedalear cuando hasta montar en bicicleta es un desafío

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Fariba Hashimi: pedalear cuando hasta montar en bicicleta es un desafío
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La ciclista afgana ha pasado de ocultar su rostro para poder entrenar a subir al podio de los Juegos Asiáticos. Su medalla de plata habla de perseverancia, pero también de las mujeres que nunca pudieron llegar a la línea de salida.

La ciclista afgana ha pasado de ocultar su rostro para poder entrenar a subir al podio de los Juegos Asiáticos. Su medalla de plata habla de perseverancia, pero también de las mujeres que nunca pudieron llegar a la línea de salida.en loses una de ellas.

En la tabla de resultados quedará registrado un segundo puesto. Detrás de ese resultado, sin embargo, existe una historia mucho más larga: la de una joven que tuvo que enfrentarse no solo a sus rivales y a los límites físicos propios del deporte de élite, sino también a quienes considerabanFariba completó la prueba femenina de ciclismo en ruta en dos horas, 50 minutos y cinco segundos.y Wing Yee Leung, de Hong Kong, el bronce. Son los datos de la competición.

Son importantes, pero no explican por sí solos por qué ver a Fariba en el podio resulta tan significativo. Para entenderlo hay que volver algunos años atrás, a Afganistán.ser mujer y montar en bicicleta podía provocar rechazo . Fariba ha relatado en entrevistas que durante sus entrenamientos les lanzaban piedras y botellas de agua. En ocasiones, las hermanas utilizaban máscaras para evitar ser reconocidas.

Es difícil imaginar una contradicción mayor: practicar un deporte que simboliza movimiento y libertad mientras se intenta pasar desapercibida.apenas llama la atención. Puede hacerlo para ir a clase, encontrarse con sus amigos, hacer ejercicio o simplemente disfrutar de una tarde. Para Fariba, pedalear podía significar exponerse a insultos y agresiones. Por eso su trayectoria no puede entenderse únicamente en términos deportivos.

Antes de luchar por segundos en una competición internacional, tuvo que luchar por algo mucho más básico: la posibilidad de entrenar. Antes de llevar un uniforme en unoso subir a un podio asiático, tuvo que encontrar la manera de seguir practicando un deporte que amaba pese a la hostilidad que encontraba a su alrededor.abandonaron el país y se refugiaron en Italia.

Su salida les permitió continuar desarrollándose como ciclistas, pero el exilio nunca es simplemente un cambio de lugar de entrenamiento. Significa dejar atrás la casa, los amigos, los recuerdos y una parte de la propia vida para empezar de nuevo en otro país. Fariba siguió pedaleando. En 2024 llegó a los Juegos Olímpicos de París.

Dos años después, su nombre vuelve a ocupar titulares gracias a la plata lograda en Nagoya. Su éxito plantea inevitablemente una pregunta:No conocemos sus nombres. Probablemente nunca conoceremos muchos de ellos. Quizá haya una niña que podría convertirse en una extraordinaria corredora.

Otra que tendría condiciones para el fútbol. Otra para el atletismo. Otra para el ciclismo. El problema es queJuegos Olímpicos o Asiáticos hacen falta años de entrenamiento, entrenadores, instalaciones, seguridad, competiciones y recursos.

Pero antes de todo eso hace falta algo todavía más elemental: que se le permita participar. Tener talento y tener la oportunidad de desarrollarlolas mujeres y niñas en Afganistán han reducido drásticamente sus posibilidades de participar en numerosos ámbitos de la vida pública, incluido el deporte. Frente a esa realidad, la trayectoria de Fariba permite observar lo que puede ocurrir cuando una deportista sí encuentra las condiciones necesarias para continuar.

Pero tampoco deberíamos cometer el error de mirar a Fariba únicamente a través del sufrimiento. Existe una tendencia comprensible a presentar a las mujeres afganas que destacan internacionalmente como símbolos de resistencia.

Sin embargo, reducirlas exclusivamente a ese papel puede terminar ocultando sus propios méritos. La consiguió porque es una ciclista de alto nivel. Nadie regala una medalla en una competición internacional por haber tenido una vida difícil. Para subir a ese podio tuvo que entrenar durante años, soportar el cansancio, mejorar su técnica, competir contra algunas deReconocer el contexto del que procede no debería restar protagonismo a su capacidad deportiva.

Al contrario: ambas partes de su historia merecen ser contadas. Por esoHubo una época en la que Fariba se cubría el rostro para montar en bicicleta y evitar ser reconocida.de una ceremonia de premiación internacional. Entre ambas imágenes hay mucho más que unos cuantos años. Juegos Olímpicos y ahora una medalla asiática.

Pero, sobre todo, hay un tránsito simbólico desde la necesidad de esconderse hasta el derecho a ser vista.a quienes no consiguieron salir. No todas las jóvenes afganas pueden abandonar el país. No todas encuentran un equipo, una federación, una beca o un lugar seguro donde continuar entrenando. Las historias excepcionales inspiran precisamente porque son excepcionales, pero detrás de cada una puede haberEl deporte no resolverá por sí solo la situación de las mujeres afganas.

Una medalla tampoco cambiará de un día para otro la realidad de quienes viven bajo fuertes restricciones. Pero el deporte puede hacer visible algo que a veces las estadísticas no consiguen mostrar:Fariba Hashimi cruzó la línea de meta en Nagoya y obtuvo una medalla de plata.

Sin embargo, la pregunta que deja su historia permanece mucho después de terminar la carrera: ¿cuántas niñas podrían llegar igualmente lejos si tuvieran la oportunidad de ponerse en la línea de salida? A Fariba le lanzaron piedras por montar en bicicleta. Ella siguió pedaleando. Hoy lleva una medalla asiática al cuello.

Ojalá algún día lo extraordinario no sea que una mujer afgana consiga superar todos esos obstáculos, sino que ninguna niña tenga que superarlos simplemente para poder practicar el deporte que ama.

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