Según la versión más extendida, el sha Mohammad Reza Pahlaví compró los berilos de la bisabuela del rey Felipe VI a la casa Cartier y mandó montar un collar al joyero estadounidense Harry Winston para su tercera esposa.
Cuando en 1920 Jacobo Fitz-James Stuart, XVII duque de Alba, le entregó a la reina Victoria Eugenia la herencia que le había dejado su madrina, Eugenia de Montijo, la mujer de Alfonso XIII se quedó helada. Según el escritor Gerard Noel, la escocesa estaba tremendamente decepcionada con la nimiedad que le había entregado el sobrino de la finada: un abanico.
Separada de facto del “rey en paro” prácticamente desde su salida precipitada de España, para hacer frente a los gastos corrientes y extraordinarios fuera de nuestras fronteras, Victoria Eugenia vendió en 1937 la cruz a Cartier. A la vez, la joyería se ocupó de componer con el resto de piedras un nuevo collar más breve, un anillo y un broche. Las siete esmeraldas del collar sumaban 124 quilates, el anillo tenía una masa de 16 y la del broche de 18.