El primer campo de batalla de la defensa de un país es la ingeniería

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La autonomía estratégica europea no dependerá únicamente del porcentaje del PIB que destinemos a defensa. Dependerá de nuestra capacidad para convertir esa inversión en sistemas reales, en los volúmenes y plazos que requieran las circunstancias

El empleo registra el mejor septiembre de los registros con 92.327 afiliados más y nueve de cada diez son extranjerosCuando pensamos en la defensa de un país, nos vienen a la cabeza aviones de combate, fragatas, vehículos blindados, misiles, etcétera.

Sin embargo, el primer campo de batalla no está en el aire, en el mar ni sobre el terreno. Hace unos meses, una importante compañía del sector aeroespacial y de defensa nos planteó un reto: necesitaba aumentar de forma significativa la capacidad de producción de uno de sus sistemas. La primera reacción parecía evidente: incorporar más automatización, instalar nuevos robots o ampliar las líneas de fabricación.

Sin embargo, al analizar el proyecto, descubrimos que el verdadero límite no estaba en la fábrica, sino varios pasos antes: en las decisiones de ingeniería que se habían tomado cuando aquel sistema fue concebido. Aquella experiencia ilustra un desafío que hoy trasciende a una empresa concreta y afecta al conjunto del sector en Europa. La guerra en Ucrania y el nuevo escenario geopolítico han situado la defensa en el centro del debate europeo.

España refleja bien ese cambio: el esfuerzo en seguridad y defensa pasó del 1,4% del PIB en 2024 al 2% en 2025. Pero incrementar los presupuestos no basta. El dinero puede movilizarse con relativa rapidez; desarrollar tecnología, certificar sistemas, formar profesionales especializados o crear capacidad industrial requiere años. La verdadera pregunta es si Europa podrá transformar esa inversión en capacidades reales al ritmo que exige el nuevo contexto.

Durante décadas, muchos de los sistemas que hoy forman parte de las capacidades de defensa europeas fueron concebidos para unas cadencias de producción relativamente estables. Nadie imaginaba que años después sería necesario multiplicar su fabricación en cuestión de meses. Por eso, cuando hablamos de reforzar la base tecnológica e industrial de defensa, solemos pensar inmediatamente en nuevas fábricas, mayor automatización o nuevas inversiones para aumentar la capacidad productiva. Todo ello es necesario.

Sin embargo, existe un límite que rara vez aparece en el debate público: ningún proceso industrial puede compensar por completo un producto que nunca fue concebido para fabricarse de forma escalable. Nuestra experiencia demuestra que esta realidad aparece con más frecuencia de la que imaginamos. Encontramos sistemas cuya geometría dificulta la automatización, procesos de ensamblaje excesivamente dependientes del trabajo manual o soluciones técnicamente excelentes que complican enormemente el aumento de la producción.

La dificultad es especialmente evidente en muchos de los sistemas ya existentes, donde el margen para modificar un diseño certificado es muy limitado. Pero Europa también está desarrollando nuevos sistemas —como drones, UAV o nuevas municiones— y ahí todavía podemos tomar mejores decisiones de ingeniería. La selección de materiales lo ilustra bien: un material adecuado para fabricar un prototipo no siempre lo es para producir miles de unidades. Diseñar pensando únicamente en el desarrollo puede hipotecar la industrialización futura.

Por eso, materiales, procesos y fabricación deben formar parte de una misma decisión de ingeniería desde el primer día. Durante décadas hemos entendido el diseño como una fase previa a la industrialización. Primero diseñamos el producto, después lo certificamos y, finalmente, pensamos cómo fabricarlo. El nuevo contexto obliga a integrar ambas disciplinas desde el principio.

Cuando un ingeniero define la arquitectura de un sistema, no solo decide su funcionalidad, su peso o su resistencia. También determina qué materiales podrán utilizarse, si el producto podrá automatizarse, cuánto costará aumentar su producción y con qué rapidez podrá responder la industria cuando las circunstancias cambien. La primera decisión industrial de un sistema de defensa no se toma cuando se instala un robot. Se toma cuando se dibuja el primer plano.

La industria de defensa afronta además una paradoja singular: debe estar preparada para multiplicar su producción cuando sea necesario, pero no puede mantener permanentemente fábricas sobredimensionadas. La respuesta pasa por diseñar productos cuya fabricación pueda escalar con rapidez y con inversiones adicionales limitadas. La tecnología dual seguirá siendo uno de los grandes activos de Europa. Pero no toda capacidad industrial puede ser dual.

Precisamente por eso, determinados sistemas deben concebirse desde el inicio para que su producción pueda crecer con rapidez cuando las circunstancias lo exijan. Durante años, Europa ha hablado de soberanía tecnológica: de la necesidad de conservar el conocimiento necesario para desarrollar aquello que considera estratégico. Hoy debemos añadir una segunda dimensión: la capacidad de materializar ese conocimiento cuando realmente se necesita. En nuestra empresa convivimos diariamente con esa realidad.

Nuestra participación en programas aeroespaciales y de defensa y nuestra experiencia en la fabricación de estructuras, sistemas críticos y procesos automatizados nos han permitido comprobar que una tecnología excelente no es suficiente. Debe concebirse para poder fabricarse, evolucionar y aumentar su producción durante toda su vida útil. Eso exige que especialistas en producto, materiales, procesos, automatización y producción participen desde las primeras fases del desarrollo. Industrializar no puede consistir en intentar fabricar después lo que otros diseñaron antes.

Debe formar parte del propio diseño. La autonomía estratégica europea no dependerá únicamente del porcentaje del PIB que destinemos a defensa. Dependerá de nuestra capacidad para convertir esa inversión en sistemas reales, en los volúmenes y plazos que requieran las circunstancias. Porque el primer campo de batalla de la defensa de un país no está en la fábrica ni en el frente. Empieza mucho antes. Empieza en la ingeniería.

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