La psicóloga y neurocientífica Ana Asensio explica que los vínculos afectivos son cruciales para la supervivencia y la salud celular, destacando que la calidad de las relaciones es el mayor predictor de longevidad y felicidad.
Un abrazo activa más química que cualquier suplemento. Ana Asensio , psicóloga sanitaria, psicoterapeuta y doctora en neurociencia por la Universidad Complutense, explica por qué el cerebro necesita sentirse visto, querido y conectado .
En su libro El cerebro necesita abrazos desvela por qué conectar con los demás nos salva la vida.
"No es una metáfora, es neurociencia", asegura. Parafraseando el título de tu nuevo libro, ¿qué ocurre exactamente en el cerebro cuando damos o cuando recibimos un abrazo? ¿Por qué somos seres de vínculo? El abrazo puede ser tanto físico como simbólico.
Los seres humanos nacemos muy dependientes del otro: sin saber andar, sin poder comer por nosotros mismos y sin poder regularnos emocionalmente. En la medida en que tengo a un otro cerca es en la medida en que puedo crecer como persona y como ser humano. La especie quiere que no te extingas. Entonces te va a forzar de alguna manera a tener un vínculo con el otro para sobrevivir.
¿Qué pasa en nuestro cuerpo, a nivel celular, cuando no tenemos vínculos de calidad? Se ha demostrado que el rechazo social aumenta la muerte prematura en un 50% y mata más que hábitos poco saludables como la obesidad, el sedentarismo o fumar. Cuando no tenemos vínculos de calidad se produce un estrés celular oxidativo muy fuerte: la célula va muriéndose e incluso hay cambios en el ADN.
Los telómeros se acortan o se alargan en función del estrés relacional que tenemos. Tener malas relaciones te acorta la vida; tener buenas relaciones te la alarga. Y Harvard, en su último estudio, que lleva 82 años de seguimiento, ha concluido que el mayor predictor de calidad de vida, salud, longevidad y sensación subjetiva de felicidad no es el éxito, ni la belleza, ni el dinero: es la calidad de tus vínculos.
Las zonas azules demuestran que los vínculos sociales son tan determinantes para la longevidad como la alimentación. Pero si no comes, mueres, ¿están al mismo nivel? Hay cuatro pilares grandes de la salud del ser humano: la alimentación, el sueño, el ejercicio físico y los vínculos. Aunque esto sea polémico, es preferible que haya una relación poco sana a que no haya ninguna.
La no existencia, el vacío, es lo que te mata. Eso sí, las buenas relaciones te alargan la vida. ¿Puede un vínculo sano funcionar como medicina? Hay sustancias internas que solo se segregan con oler al otro, tener al otro cerca, con la sonrisa, con un abrazo físico, con un me acordé de ti, con una mirada.
No hay placer más profundo para el ser humano que sentir que pertenece, que es reconocido, que es querido. En la pirámide del desarrollo humano el sentido de pertenencia, de seguridad y de reconocimiento están en las bases de las necesidades, justo después de las básicas: comer, dormir y ser cuidado físicamente. Si no cumples esas necesidades no vas a poder crecer. Cuando nacemos necesitamos ser tocados para regularnos y saber que no estamos solos.
Extrapolado a la vida adulta pasa igual, pero a otro nivel: que me den de comer emocionalmente. A veces parece que necesitar a los demás se entiende socialmente como una debilidad. ¿Cómo podemos cambiar esta narrativa para que pedir ayuda, sobre todo en el caso de los hombres, que parece que les cuesta un poco más, se vea como un acto de inteligencia vital y no como una señal de fragilidad?
Hay que formar mucho a la sociedad en que necesitar a los demás es una necesidad humana natural. No es fragilidad, no es debilidad, no es ninguna tara: es como hacer pis o dormir. La mayor mentira que nos han vendido es que somos personas independientes. Soy autónoma para conducir, soy autónoma para comer cuando soy adulta, pero soy interdependiente: yo no puedo vivir ni existir si no hay un otro.
Yo no soy psicóloga si no hay un paciente. Sin embargo, hay relaciones que dan placer y otras disgustos. El cerebro suele rechazar la incomodidad, pero lo que no sabemos es que amor y dolor son dos caras de la misma moneda. Van asociados porque cuando amo me estoy exponiendo a que en un momento dado esa persona ya no esté en mi vida: porque muera, lo hayamos dejado, me haya ido a otro sitio...
Y cuando me separo, mi cerebro echa tanto de menos eso que activa áreas de dolor físico, que es lo que llamamos el duelo. ¿Hay diferencia entre dolor y sufrimiento? El ser humano no quiere tener dolor, no quiere tener miedo, no quiere tener enfado, no quiere tener ninguna emoción desagradable. Pero está hecha para que puedas digerir la vida.
Si no afrontas ese dolor, si no lloras esa pérdida, si no asumes lo que te está pasando, lo que vas a entrar es en el sufrimiento. Y el sufrimiento sí que mata la célula. El dolor lo procesas, lo lloras, lo asumes, la herida se cura y prosigues. ¿Qué es el sufrimiento?
El rencor, la rabia, el dramatismo, las relaciones superlibres por miedo a que te hagan daño, el no atreverse. ¿Qué herramientas nos darías para dejar de ser tan duros con nosotros mismos? El cerebro y el cuerpo viven la amabilidad hacia uno mismo como algo maravilloso. En nuestra narrativa adulta tenemos la oportunidad de grabarnos un software que sea tratarte bien: si te equivocas, decirte venga, no pasa nada, a la próxima te saldrá.
Hablarte como si fueras una persona pequeñita a la que tienes que decirle las cosas con firmeza, pero con cariño. Igual que te dices jolín, me he equivocado, también decirte qué bien hecho esto. Que te agradezcas y que te hables bien. Hablas también del autoabrazo.
¿Es real o simbólico? Los abrazos simbólicos e incluso el físico, rodearte con tus propios brazos y decirte yo te quiero, estoy aquí contigo, ayudan mucho. Y respirar poniéndote la mano en el corazón, no desde el impulso, sino desde lo que deseas. Cuando te paras, bajas las autoexigencias y eres compasiva contigo, al final lo que te sale es belleza.
Y cuando te tratas así, te llenas de amor. Lo bonito es que ese amor es lo que vas a poder dar, porque ya está en ti. Actualmente vamos como zombis, sobre todo en el mundo occidental. ¿Hace falta un gran abrazo social?
Tratarte bien es un acto de responsabilidad social: te tratas bien, te llenas de amor y eso lo das al entorno. De la otra manera vamos muy escasos, sobrepasados, acelerados, y a lo poco que alguien te diga algo acabas insultando en el coche. Se nos ha olvidado que por la calle no somos objetos, somos personas.
El de al lado igual se está divorciando, el de enfrente tiene a su padre ingresado, el que está en la panadería y no ha sonreído esa mañana se quiere separar de su pareja. No tengo que hacerme cargo, pero sí saber que a todos nos pasa lo mismo. Todos somos mucho más parecidos de lo que creemos, y detrás de cualquier enemigo, si supiéramos su historia, podríamos desvanecer cualquier acto hostil, porque empatizaríamos.
Muchas veces estamos pidiendo en un restaurante y no miramos ni a la cara de quien nos atiende. Yo en las rotondas, cuando me pitan, siempre pienso ay, qué pena, cómo ha salido esta mujer de su casa. Porque me está chillando y yo pienso: si fuera mi hermana no me chillaría así. Muchas personas dicen que siempre atraen a los mismos perfiles o que solo se rodean de personas tóxicas.
¿Por qué repetimos estos patrones? Todos, en un momento determinado, hemos podido ser tóxicos. En mi primer libro escribí una dedicatoria que decía: Dedicado a las personas a las que hice daño sin darme cuenta. Porque ¿quién no ha hecho daño alguna vez?
El tema es cuando sientes que repites un patrón: aquí sí hay que poner el asterisco. ¿Qué pasa para que siempre se te acerquen personas que te usan o que te hacen sentir de menos? Hay que ver qué estás dejando entrar en tu vida, y eso tiene mucho que ver con la autoestima que tienes.
En el momento en que sabes lo que es el amor de verdad para ti, rara vez dejas entrar a personas que no te quieran bien. Pero a veces es reiterado. Cuando siempre caes en la misma piedra, eso es tu sistema nervioso eligiendo algo de tu vida anterior que le resulta familiar, que vincula con lo que puede ser amor y que, lejos de serlo, es una ruta conocida pero no saludable.
Lo identificamos cuando sientes las cosas con mucha intensidad. La intensidad hay que ponerla siempre entre comillas: todo lo que te venga con mucha intensidad es una señal de que algo está pasando. A lo mejor es más parte de un espejismo y de una transferencia de tu vida anterior que de la realidad. ¿Por qué atraemos al mismo tipo de personas?
Porque muchas veces no nos preguntamos qué tipo de vínculo queremos tener ni cómo queremos sentirnos queridos. Hay que saber elegir, hay que saber juntarse y también hay que saber separarse. Que no nos enseñan nada de eso. Nunca habíamos tenido tantas relaciones virtuales y, a la vez, hay mucha gente que se siente sola, sobre todo adolescentes.
¿Cómo se resuelve esta paradoja? Los nativos digitales han entendido el dispositivo como una extensión de sí mismos. Y han engañado a su cerebro, porque el dispositivo está hecho para eso: para engancharlo con las luces, la rapidez, los vídeos cortos. Todo eso es dopamina, placer inmediato.
Me lleva a pensar que estoy en contacto con 500 personas en un grupo de chat, pero no es real: el cuerpo necesita una cara, un gesto, una mirada, un tacto. Mientras tanto, la oxitocina va cayendo y empiezo a entrar en un vacío profundo que se parece más a una depresión, a una desconexión vital. Esa desconexión es la que puede llevar a muchos adolescentes a pensar que vivir no merece la pena: apatía, cansancio, falta de motivación, tristeza.
Y rara vez se piensa que la solución es volver a socializar. La gente tiende a buscar reforzadores rápidos: likes, compras, drogas, alcohol... que anestesian el cerebro y hacen que te olvides del vacío. Cuando en realidad lo que necesitamos es más conexión real. ¿Y cuál es el equilibrio sin demonizar la tecnología?
No soy anti-pantallas, me encantan. Pero no podemos asumir que si antes tenías hueco para contactar realmente con diez personas, puedes estar en contacto real con 200. La velocidad no te da la profundidad que requiere un vínculo real. Un vínculo real se cuece a fuego lento, como un cocido.
La red social no te lo da, y al final entras en soledad. La pantalla es buena siempre y cuando esté a tu servicio y nunca se coma acciones saludables de la vida diaria: salir, relacionarte, hacer deporte, divertirte, reírte. Que la pantalla no se coma la vida. Ante esa tendencia y esa necesidad que describes de conexiones significativas y humanas, ¿cómo vamos a avanzar ante el boom de la inteligencia artificial?
Vamos a acabar conviviendo máquina y hombre, haciendo un híbrido. Pero deberíamos ser lo suficientemente inteligentes como para que las horas que las máquinas nos ahorren las dediquemos a lo que de verdad importa. Cuando tienes un ChatGPT que te ayuda a resumir un texto, no es para que trabajes más, es para que tengas un poco más de tiempo. Ese tiempo sobrante, ¿por qué no dedicarlo a las relaciones sociales?
Parece que lo invertiremos en ser todavía más productivos, ¿no? Exactamente, creo que estamos cometiendo ese error. Entonces hago un llamamiento: por favor, no ahorremos ese tiempo y acumulemos más productividad. Hagamos prevención de enfermedades futuras, hagamos prevención de la salud, hagamos prevención incluso del coste sanitario que va a suponer que estemos enfermos de estrés.
Invirtamos esas horas en lo realmente saludable para el ser humano: acciones saludables, vida saludable y relaciones de calidad. ¿Cómo entrenamos la mente cuando las máquinas nos quitan cada vez más trabajo intelectual? El mejor gimnasio para tu cerebro no es un taller de memoria, sino quedar con amigos. Una conversación interesante.
Una lectura, un libro. O una reflexión tuya que la IA nunca te va a poder hacer. No escribir sobre un tema, sino escribir sobre ti. Incluso el deporte, y eso que soy neurocientífica.
Movimiento, relación social y aire libre. Esas tres y tu cerebro funcionará a pleno rendimiento. Dices que a veces un buen abrazo calma cualquier discusión. ¿Qué le dirías a quien se siente hambriento de reconocimiento y empieza una lucha de egos?
Cuando estés discutiendo, plantéate si lo que quieres es llegar a un acuerdo, llevar la razón o estar en paz. Discutir en su acepción más española: la agresión verbal, la falta de respeto... activa áreas de dolor en tu cerebro y en el del otro. La gente cree que con eso se desahoga, pero es mentira: el cuerpo se resiente químicamente, a nivel neuroendocrino, en las vísceras, en el cerebro.
Lo que propongo es parar diez segundos cuando te empiece a subir la sangre y preguntarte: de esta conversación, ¿qué quiero obtener? Si la persona que tienes enfrente te importa, es mucho mejor escuchar y, si no opinas lo mismo, decirle: gracias por tu opinión, te respeto, pero no opino igual. ¿Y si ves a la persona muy vehemente? Haz una escucha de oreja y corazón: escucha más allá de sus palabras.
A lo mejor lo que te está diciendo en el fondo es me siento sola. Y entonces preguntarle: ¿Puedo hacer algo por ti en este momento? Esa pregunta, en lugar de confrontar, es una caricia al alma. El cerebro necesita abrazosPor Dra.
Ana AsensioEstá editado por Roca Editorial y se puede comprar aquí. 320 páginas. 20,80 euros.
Neurociencia Vínculos Sociales Salud Mental Longevidad Bienestar
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