'El invierno en Lisboa', la exitosa novela del escritor, será homenajeada en el corazón de Madrid a través de una exposición pictórica del 15 al 18 de noviembre.
El escritor Antonio Muñoz Molina , honorario de la Academia de Buenas Letras de Granada y académico de la Real Academia Española desde 1996 ocupa en la reputada institución el sillón de la u minúscula, aunque su trayectoria profesional sea mayúscula.
Definido por muchos como “la mejor pluma de su generación”, el ubetense posee una bibliografía compuesta por una veintena de novelas. Más firmas, si contamos los ensayos, relatos, artículos… y nos quedamos sin líneas en cuanto a sus reconocimientos. Quizá el más destacado sea el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2013. “Intelectual comprometido y observador escrupuloso de la realidad, Muñoz Molina concibe la escritura como un atesoramiento personal de experiencias compartidas”, rezaba el acta del jurado. Tras conocerlo en persona, en el Club Matador de Madrid, podemos decir sin atisbo de duda que quienes lo juzgaron dieron en el clavo. Su primera novela, Beatus Ille, apareció en 1986 tras gestarla durante varios años, pero no fue hasta 1987 que logró el reconocimiento internacional con su obra El invierno en Lisboa. Muñoz Molina trabajaba entonces como funcionario en el Ayuntamiento de Granada, ciudad que lo acogió tras mudarse de su Jaén natal. Después de la publicación de El invierno en Lisboa su apacible vida dio un giro: de ser un autor prácticamente desconocido – solía redactar artículos en el diario de la ciudad, el periódico Ideal– se convirtió en un referente literario. Luego llegaron mucha otras alegrías novelísticas como El jinete polaco , Plenilunio o Sefarad … y este año No te veré morir . El poder dedicarse a esta profesión le dio un sentido inesperado a su vida. También a su corazón, tras conocer a la escritora y periodista Elvira Lindo, con quien celebra más de 30 años de casados. Según él, “el verdadero amor de su vida”, con quien ha tenido tres hijos . Aunque hoy el motivo de reunirnos con Antonio Muñoz Molina no es hacer una síntesis de su prodigiosa vida sino celebrar un homenaje muy especial que tendrá lugar en el Edificio Adolfo Domínguez del 15 al 18 de noviembre. Más concretamente, del libro que lo puso en el centro del mundo, El invierno en Lisboa, en el cual varios artistas como Ángel M. Charris, Bartolomé Rey, Carlos G. Alix, Hugo Alonso o Sara Quintero, entre otros, se han inspirado para plasmar su arte en distintas obras pictóricas. “Nos hemos fijado bastante en el estilo que le gustaría a Antonio”, nos cuenta Gabriel Suárez, nieto del fundador de la joyería Suárez y uno de los fundadores de Lucha de Gigantes, una factoría de arte que encuentra una nueva dimensión –y plataforma– para expandir el arte de los mejores artistas a escala internacional; promotora de esta exposición. El mismo prosigue: “Nuestros proyectos en general son muy pop. Es porque a nosotros nos gusta ese estilo”. Hace unos meses, triunfaron con una muestra sobre el personaje popular de la Pantera Rosa, también reintrepretada por otros pintores e ilustradores, y poco antes, con una exhibición de retratos fotográficos de grandes figuras pop contemporáneas llamado Pop-traits. “Este proyecto exigía un tipo de figuración distinta. Quizá con un punto de partida más clásico, sin perder esta esencia. Lo que nos gusta es descolocar a la gente. Tendemos hacia el pop pero de vez en cuando nos sorprenderemos con algo que se salga de eso. Nuestro perfil de clientes o seguidores tiene predilección por ese tipo arte. Son gente de entre 30 y 50 años. Un hombre de 30 años, que quizá está empezando a coleccionar, no va a colgar una cosa muy seria en su casa. Lo normal es que le apetezca algo más relajado. En general, para colocar en nuestro salón, queremos cosas que nos alegren”. “Claro, no quieres poner un Bacon”, le replica desde su asiento Muñoz Molina. Muñoz Molina se siente cómodo con la obra y con el homenaje, entusiasmado por saber “qué saldrá de ahí”. Ha ayudado a Suárez y a su socio, Aleix Gordo Hostau, “con todo lo que ha podido” pero también ha dejado un espacio a la sorpresa. Hablamos con él sobre la exposición, la novela, el paso del tiempo y, según nos da a entender, el motor de todo, el amor. Ya ha visto algunas pinturas que serán expuestas pero no todas. De las que ha podido contemplar, ¿qué le ha sorprendido?, ¿con qué se queda de las interpretaciones artísticas que hacen de El invierno en Lisboa? Una cosa muy llamativa es cómo cada lector tiene una versión del libro. Como escritor, no siempre tienes acceso a ello, ¿no? Pero ocurre que, por ejemplo, cuando se hace un cómic, una película o un cuadro, tienes la oportunidad de ver qué han visto otros sobre lo que tú has escrito. Esta novela, curiosamente, ha dado muchos frutos visuales. Se hizo una película. Se produjo una banda sonora extraordinaria a partir de la cual se hizo un ballet. Luego se han hecho varios cómics, algunos muy buenos. Qué curioso la vida visual que toma un libro, ¿verdad? Y es maravilloso poder contemplarlo en cualquiera de sus formas. ¿Ha apreciado en todos ellos un elemento en común? La novela es atractiva para la gente que se dedica a asuntos visuales porque ya de por sí es muy visual. La inspiración de la novela siempre ha sido así. Está muy inspirada en el cine, en cierto tipo de cine. Cuando estaba imaginando algunas escenas, pensaba en El tercer hombre, por ejemplo. La tenía muy presente cuando estaba escribiendo. Y se nota en la interpretación posterior de la mano de otros autores. Hay un momento en el que los protagonistas tienen que viajar a Lisboa. Yo no había ido nunca. En esa época trabajaba en una oficina y pedí tres días libres para visitar la ciudad. Iba con una cámara de fotos. Sentía que estaba localizando exteriores. Haciendo fotos de los trenes, de sitios de edificios, de una casa con un jardín... Los lugares en los cuales se desarrolla la novela parten de aquellas fotos que me inspiraron. En el libro hay una pelea en la en la que uno mata a otro, medio accidentalmente. Durante mucho tiempo pensé que esa pelea iba a ser al borde de un acantilado. En las afueras de Lisboa, hay un sitio, un acantilado que se llama Boca do Inferno, La boca del infierno. Hice un montón de fotos asomándome al acantilado y luego de él no aproveché nada porque descubrí que había un tren que me convenía más, ¿sabes? . Los trenes de Cascais a Sintra eran muy viejos y los vagones estaban unidos por barandillas. Pensé que era estupendo matar a alguien ahí . ¿Conserva ese material gráfico? No, se me perdió hace mucho tiempo. Es que hace muchos años que hice la novela. En una entrevista reciente habla sobre cómo el paso del tiempo se nos viene encima al visitar lugares que habíamos habitado anteriormente. Hablaba de haber vuelto a Granada , de Úbeda y cómo sentía rememorar, siendo ya otro, todo lo vivido allí y cómo aquella sensación le resulta arrolladora. Tras 35 años de la novela, revisitarla, aunque sea de forma visual, a través de la pintura de otros, ¿cómo le afecta? Es una novela con la que he tenido una relación peculiar, ¿sabes? Esa novela que yo escribí, de una forma muy fervorosa, me llevó muy poco tiempo escribirla. En cuanto le encontré el tono, la tenía lista en cuestión de un par de meses. Al poco tiempo de publicarse, provocó un gran cambio en mi vida. Empezó a tener mucho éxito. Yo entonces vivía una vida que estaba bien, una vida modesta de auxiliar administrativo en el Ayuntamiento de Granada. De la noche a la mañana, casi, me vi convertido en una especie de celebridad literaria. Fue un cambio muy grande en un plazo relativamente breve. Así que la novela para mí tiene esa importancia, ese valor. Era la primera vez que un libro mío llegaba a muchísima gente. En seguida se tradujo internacionalmente y tuve ofertas para hacer películas… cosas que no había imaginado nunca que me pasarían. La novela ahora está lejos de lo que yo escribo, de lo que soy. Cuando me acuerdo de ella, la veo muy juvenil en muchos sentidos, pero hay mucha gente que la sigue leyendo. Entonces digo, bueno, pues es de ellos, ¿no? Aquí ¿qué tengo que decir? Es una novela que le gusta a gente muy joven. Hay gente que no había nacido cuando se escribió. Eso me resulta curioso también. ¿Se habría homenajeado también con esta obra? Yo no me había homenajeado a mí mismo. Ha sido una idea de Lucha de Gigantes. Yo la veo, me gusta y me ofrezco a colaborar en la medida de lo que ellos me pidan. ¿No resaltaría de su bibliografía alguna otra obra? ¿No tiene una predilecta personal a pesar del éxito de la homenajeada? Eso es cosa de los lectores. Como te he dicho, tengo relaciones distintas con cada libro pero que una de mis obras sea elegida no depende de mí. Por ejemplo, soy muy aficionado al cine pero no soy director. Si uno me viene y quiere adaptar una película en base a una de mis novelas, yo tengo el máximo respeto porque eso es suyo. Como aficionado al cine, sé que este es un arte específico. Como es el caso de una ilustración de alguno de mis trabajos. Soy muy respetuoso. Por supuesto, tengo curiosidad por ver qué sale, claro. Y tengo además interés en que salga bien. Me gusta que las cosas salgan bien, que la gente que hace cosas bien hechas brille y tenga reconocimiento. Y a los espectadores que vengan a visitar la exposición, ¿qué les diría o recomendaría como guía para disfrutar mejor de ella? Hombre, lo que les diría primeramente es que le echen un vistazo a la novela antes, claro . Muchas veces uno lee un libro y piensa que se acuerda de él. La realidad es que muchas veces no se acuerda uno de nada. Fíjate, yo soy un lector profesional, digamos, pero los libros se borran. Muchos de los elementos en los que más se esfuerza uno como escritor –el argumento, el tallo– al lector se le olvidan enseguida. Al final queda como una atmósfera, una imagen. Creo que es curioso leer el libro y fijarse bien para ver las conexiones con las pinturas. En caso contrario, estarán un poco perdidos. Existe un elemento común en sus obras que es el amor y el paso del tiempo. En relación con la actualidad, observamos cómo los roles y las relaciones han cambiado mucho. ¿Piensa que también lo ha hecho el amor? Yo creo que no. Evidentemente, han cambiado las circunstancias. Sobre todo ha cambiado la posición de la mujer. Ha sido un cambio radical y necesario. Pero creo que la pasión amorosa o los sentimientos están profundamente arraigados en los seres humanos. Son más profundos que las ideas que tenemos. Nuestra ideas difícilmente van a afectar a nuestros sentimientos más profundos. Eso es algo tan hondo que no lo controla la razón. Controlas tu comportamiento pero no controlas, por ejemplo, de quién te vas a enamorar. Se reflexiona poco sobre que algo tan fundamental en la vida como es el amor dependa completamente del azar. Puedes tener la idea de que alguien cambie totalmente tu vida y puede que, finalmente, no aparezca nunca. Los sentimientos profundos, como los celos, la necesidad… están muy enraizados en lo profundo del ser humano. Hay personas que tienen ciertas ideas pero actúan como si estas no les afectaran. Es lógico, las ideas las tenemos en la parte más superficial de nosotros mismos. No juegan una gran papel en lo que hacemos o sentimos, pues no dependen de nosotros. ¿Quién puede elegir enamorarse o no? Hay quien prefiere rechazar ese sentimiento. ¿Conscientemente? ¿Y cree usted que se tiene un control absoluto? No, el sentimiento está ahí. No se puede bloquear. Lo puede ignorar, despreciar la relación, pero el sentimiento sigue. Creo que ahí hay mucha soberbia. La hay en la creencia de que tú tienes una cierta idea sobre qué cuestiones rigen tu comportamiento. Pero esto llega hasta cierto punto. Es decir, hay cosas que han cambiado y que están empezado a cambiar. Cosas que ya no se hacen. Cuando yo era niño y adolescente, a las mujeres les decían piropos por la calle. Eso afortunadamente ha cambiado. Por lo demás, los sentimientos profundos no los dominas. No eliges cuándo te vas a enamorar, ni si vas a dejar de enamorarte ni cuánto tiempo va a durar ese amor. Eso tú no lo dominas. Y eso es lo fundamental. Hay una historia que me sorprende. Existen una especie de topillos de la llanura cuyo proceso de enamoramiento es muy curioso. Pasan por los túneles del subsuelo, siendo ciegos, y un día se encuentran y se unen para siempre. No se han visto ni intuido, pero al encontrarse se juntan y ya no se separan. Los mecanismos del amor y del deseo son muy profundos y muy poco racionales. Sí, tú los racionalizas a posteriori. Todos tenemos muchas ideas y teorías sobre el amor romántico. Está bien que intentemos vivir de acuerdo a ellas, pero hay mucho más. Por ejemplo, el respeto absoluto hacia cualquier ser humano. Eso es algo que tienes que ejercer, ¿no? ¿Pero tú eliges tu amor? ¿Eliges el desamor? Aunque se escribe menos –o al menos no lucen tanto en el arte– sobre las relaciones que funcionan bien durante mucho tiempo. Hay muchas que funcionan mucho tiempo también. Y que funcionan bien, ¿sabes? Sin embargo, considero que ahí existe un prejuicio narrativo. El drama siempre es más atractivo que el no drama. Es curioso que exista mucha poesía y muchas canciones sobre el desamor y pocas sobre la plenitud amorosa. Parece que la felicidad sea menos profunda que la tristeza. Es un error absoluto.
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