La obra del pintor estadounidense, que protagoniza una retrospectiva en el Thyssen de Madrid MuseoThyssen, persigue la verdad que reside en la superficie
La palabra apenas tiene ya sentido, devorada por el uso indiscriminado y paródico que se ha hecho de ella. En su momento y lugar, ambos modernos, apuntaba al destello inasible, a medias imaginario, que irradia de una persona, un lugar o un objeto, distinguiéndolos del masivo mundo industrial.
. Su calidad es física, estética. En 1983, el coreógrafo Paul Taylor, célebre por introducir ritmos y formas de la actualidad más banal en la rigidez histórica de la danza clásica, puso en escena, con música de Edward Elgar y decorados y vestuario a cargo de Katz. En una foto el pintor aparece con una brocha en ristre, tan larga como una escoba, sobre el telón desplegado en el suelo.
Katz tiene ahora 95 años. Sigue pintando, durante el invierno en Long Island y, en verano, en Maine. Nunca tuvo muchos pelos en la lengua, pero hace tiempo que su desdén para con unos y otros —y, sobre todo, para con la murga discurseante que domina el arte contemporáneo— alcanza una orgullosa jactancia. Su manera de pintar siempre tuvo que ser afirmada contra el viento y la marea dominantes. Primero, los expresionistas abstractos de los cincuenta; Pollock, especialmente.
Aquellos exitosos artistas, que ya no eran pintores, recogían imágenes para jugar con ellas conceptualmente. Pero Katz estaba dispuesto a hacer lo más difícil: incorporar a sus pinturas realistas, por un lado, el colosalismo abstracto, y, por otro, la síntesis gráfica del cartelismo callejero.